Es, sin duda alguna, la imagen más universal del Tribunal de las Aguas. Bernardo Ferrándiz, uno de los iniciadores de la pintura costumbrista de temática valenciana, comenzó en 1860 en París una carrera artística que le convirtió en el más famoso pintor español en activo antes de la llegada de Fortuny. Tras haber conseguido la segunda medalla en la Exposición Nacional de 1862, celebrada en Madrid, con su obra Las Primicias, becado por la Diputación de Valencia que le permitió ampliar su formación en el extranjero, propuso realizar durante su estancia en París El Tribunal de las Aguas en Valencia, que sería dirigida por el profesor de la Academia Francesa Ms. Duret mientras durara su pensión. Así pues, la obra se inició en 1863 en París completándose durante una estancia de varios meses en Valencia para tomar apuntes del natural. Sin embargo, en el transcurso de un año, el cuadro verá modificado su título por el de El Tribunal de las Aguas en Valencia en 1800, con lo que el cuadro, además de costumbrista pasa a ser un cuadro de historia; las razones hay que buscarlas en el deseo del autor de presentar su obra en la Exposición Universal de Bellas Artes de París de 1864, pues, siguiendo los consejos del profesor Duret, consideraba que en este tipo de de exposiciones tenían muchas más posibilidades las obras de temática histórica. No consiguió el autor la medalla que esperaba, sin embargo, en compensación, el director de la Administración de las Bellas Artes francés, se dirigió al autor solicitando la compra del cuadro por el Ministro de la Casa del Emperador y de las Bellas Artes valorándolo en 6.000 francos; razón por la que se halla entre los fondos del Museo de Bellas Artes de Burdeos, siendo, al decir de C. Reynero (Cfr. «Los pintores valencianos del siglo XIX entre Roma y París», en Maestros de la pintura valenciana en el Museo del Prado. Madrid-Valencia, 1997) la primera ocasión en que una obra de un pintor nacido al sur de los Pirineos era adquirida por los franceses para ser expuesta en un museo.
Por haber sido adquirida la obra por el gobierno de Napoleón III, como compensación, en 1865, Ferrándiz se sintió en la obligación de realizar una réplica de la misma para entregarla a la Diputación de Valencia que había financiado sus estudios; la prensa local se hizo eco de ello (La Opinión del día 3 de septiembre de 1865, señalaba como “el Sr. Ferrándiz se halla terminando una notable repetición del cuadro El Tribunal de las Aguas, obra destinada a adornar uno de los testeros del nuevo salón de juntas de la Diputación provincial”).
El Tribunal de las Aguas es una obra esencial por su carácter emblemático, porque refleja una realidad presente fuertemente enraizada en la historia valenciana y en la época en que fue pintada venía a ser como un símbolo de las libertades forales perdidas. La meticulosidad de detalles de la obra, la indumentaria, constituyen una riquísima fuente de información sobre la vida de los valencianos del siglo XIX que B. Ferrándiz conocía bien; incluso entre los personajes, algunos de ellos son cercanos al pintor; su padre encarna al presidente del Tribunal y algunos de sus profesores de la Academia de San Carlos se hallan retratados como síndicos del mismo. Recientemente en el año 2004, la Acequia de Robella ha podido constatar, que el síndico que aparece en el cuadro sentado en tercer lugar (empezando a contar por la izquierda) es Don Salvador Aleixandre Tarrasa , que por entonces era el síndico de dicha Acequia, lo que hace dudar de la opinión anterior vertida en el amplio estudio realizado por C. Gracia (El Tribunal de las Aguas. Ferrándiz ante la Modernidad. Valencia, 1986).
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